PRÓLOGO

El emigrante, ente unicéntrico y poliédrico. Se ha escrito sobre «el emigrante (sujeto) en la emigración» (espacio, tiempo), en forma parcial. La partida. A su espalda, la aldea con sus congéneres: afectos de mayor o menor tono íntimo. Un adiós sin ruptura. Le persigna el horizonte incierto. ¡Volver!: un precepto.
Modos, costumbres, lengua, en un contexto histórico-geográfico nuevo. Caras poliédricas ha de llenar. La calle, escuela independiente, regla códigos encontrados.
Añoranzas y sueños se entrecruzan. Idas y venidas de indelebles epístolas, testimonios de historia nueva que el novel escritor inicia.
Se tocó poco o muy poco (tangencialmente) La Soledad de Soledad del emigrante, común a cualquier punto cardinal.
Hitos históricos de conquistas movieron pueblos. Confinados o vencidos, diáspora compulsiva. El éxodo, hombre o pueblo, su vector.
¡El emigrante común a cualquier latitud! La nobleza de su diaria tarea, trama del tejido social. Forma grupos humanos, inaugura sedes, intitulándolas con nombres ya religiosos, ya paganos. Celebran con gran pompa y boato sus efemérides.
El emigrante se abroquela en la argamasa de sus denarios...
¡La aldea! «Juan el indiano». Un nuevo Creso. Se auto- contempla, se recrea con la más estentórea carcajada irónica (ayer, paupérrimo; hoy amo y señor...). El tintineo de las monedas doradas causa perplejidad y envidia.
¡El emigrante...! ¿Hemos buceado en la urdimbre subyacente del alma? A través de las entretelas, ¿palpaste las fibras del aliento que anima...? ¿Tus ojos se pasearon por el interior de sus moradas deshabitadas?
El emigrante (adolecer, padecer crónico, soledad de soledad) no tiene nombre ni compañía al andar... Herida abierta; ni sutura ni panacea cura... En la gélida noche, aquel grito de deshumanizante orfandad: «Padre, ¿por qué me has abandonado?» atravesó la Creación y vive en los siglos de los siglos...
Ambos se entienden... Se comprenden... Reconciliados en la Cruz, medida del dolor.
¡Emigrante! Tu Fe de peregrino te hará salvo. Encontraste tu centro.
Sigue, Cirineo, sigue...